Esa
sonrisa pesada suya. La cara, que se le llenó de gestos involuntarios, de
muecas que yo conocí inmanentes en él, por que en albor de mi mundo, él ya era
anciano. Su mirada extraviada en la
nada, que en realidad siempre lo conducía al pasado, ahí donde su corazón pudiera
latir no en solitud, entre gentes sepia, alegrías gastadas y lugares que no
eran los mismos ya. Eran su tesoro más preciado; su refugio de un mundo que ya
no lo necesitaba.
En el norte del yermo de dunas que poblaban su seño, y más allá de las húmedas sierras que se levantaban, existía un todavía fértil prado, pieza de un páramo gris de cenizas albinas; señal de un incendio que antaño bramó fulgurante y del que ahora brazas menguaban.
En el norte del yermo de dunas que poblaban su seño, y más allá de las húmedas sierras que se levantaban, existía un todavía fértil prado, pieza de un páramo gris de cenizas albinas; señal de un incendio que antaño bramó fulgurante y del que ahora brazas menguaban.
Y aquellas amplias cuencas nasales, que asoman
un brezal cimarrón, descuidado y desprolijo, no las olvido. Una espesa niebla caminara entre este
bosque negro sin distinguir noche o día, impacientemente habitual; exhalando un
poco de vida que jamás volvería en cada hálito que de allí se escapaba.
Un dragón negro y senil cuyo nombre era Muerte creció en las oscuras bóvedas de su pecho. Amaba respirar fuego y su fragor podía oírse gravemente en las noches, robándole el descanso, castigando con la vigía continua; fríamente parodiando su júbilo con sombras tenues y luces cetrinas; obligándolo a pernoctar en la insalubre demencia del silencio y la soledad, secretamente emboscando su cordura, apuñalándola suavemente cuando ebrio y señero, lloraba.
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