domingo, 30 de noviembre de 2014

Orgasmo


El brío, efusivo, vivaz del orgasmo.
Una bestia reptiliana, cimarrón,
Secreta, letal.
Conmutante y anfibia; Afrodisíaca y nociva.

Un grito muscular
Una risa espástica
Un mar que mese una sangre escaldante,
Un sudor abrasante.

En cada mordida, satisface o devora.
Seduce o lacera.
Conquista o castiga.
Humilla o entroniza.

Y en el letargo de su ausencia
Acaece la derrota
Del guerrero embriagado
Del cazador cazado.

Crónica



Esa sonrisa pesada suya. La cara, que se le llenó de gestos involuntarios, de muecas que yo conocí inmanentes en él, por que en albor de mi mundo, él ya era anciano.  Su mirada extraviada en la nada, que en realidad siempre lo conducía al pasado, ahí donde su corazón pudiera latir no en solitud, entre gentes sepia, alegrías gastadas y lugares que no eran los mismos ya. Eran su tesoro más preciado; su refugio de un mundo que ya no lo necesitaba.
 En el norte del yermo de dunas que poblaban su seño, y más allá de las húmedas sierras que se levantaban, existía un todavía fértil prado, pieza de un páramo gris de cenizas albinas; señal de un incendio que antaño bramó fulgurante y del que ahora brazas menguaban.
 Y aquellas amplias cuencas nasales, que asoman un brezal cimarrón, descuidado y desprolijo, no las olvido. Una espesa niebla caminara entre este bosque negro sin distinguir noche o día, impacientemente habitual; exhalando un poco de vida que jamás volvería en cada hálito que de allí se escapaba. 


 Un dragón negro y senil cuyo nombre era Muerte creció en las oscuras bóvedas de su pecho. Amaba respirar fuego y su fragor podía oírse gravemente en las noches, robándole el descanso, castigando con la vigía continua; fríamente parodiando su júbilo con sombras tenues y luces cetrinas; obligándolo a pernoctar en la insalubre demencia del silencio y la soledad, secretamente emboscando su cordura, apuñalándola suavemente cuando ebrio y señero, lloraba.

Tu alma


Tu alma me espeja  en su quietud lacustre,
En su silencio monástico.
Sin turbulencia, tu dolor se vuelve obvio
Cuando puedo sentirlo:
Como un té que hirvió frío.
Como un limón de sabor ambiguo.
Una ligera agua espesa me recorre la garganta.
Una angustia graciosa se me ocurre.

Mi alma, que se me olvida el nombre
Cuando solo cavilo en el tuyo,
Queda huérfana de carne que le obre méritos.
Cuando tu lejano amor derrama color en mi diafanidad;
Cuando desato los nudos, deshago los votos;
Cuando desenhebro los filamentos de mi voluntad.
Ya no me opongo a tus juicios.

Tu piedad, dictamen salomónico,
Me adiestra en la comprensión pura;
Me arranca de la piel de perro salvaje;
Me enseña a ser un hombre.
Un mejor hombre.
Por eso te soy devoto.
Y por eso te soy devoto.