viernes, 28 de noviembre de 2014

El Escriba


Oficio de la calmosa obra de redactar;
conjeturar matices, texturas,
ordenamientos textuales.
Pincelar con orfebrería vocabular;
confabular con palabras,
un sabor en la dicción,
un deleite intelectivo,
un regocijo fructuoso,
cadencial y conclusivo.

Mas por esto
el mundo no es más que un mero reflejo para mí,
Fuera de mi alcance.
Un sueño fugaz,
una saeta efímera
que me atraviesa en el vano cuerpo de un pensamiento.
Inmáculo de mi tizno, inasible por mis actos.
Reacio a mis súplicas,
pero tal vez no, a mis depicciones 

Mi más astuto enemigo


Mi más astuto enemigo,
el que con condescendencia
y falsaria docilidad, me doma
Con morosa tolerancia
sabe mermar y cincelar
las aristas de mi ser
que me previenen del sopor
que infunde la emanación
de la complacencia,
el placer.

Nos batimos en un duelo de pasividades,
de faenas psíquicas,
de intercambios invectivos,
de reculos y embestidas
(de la voluntad y del deseo);
y la inteligencia,
ajena, imparcial o tal vez
ya resignada ante la imbatible
sin razón unigénica
de la satisfacción.

La abundancia del goce herrumbra el alma.
Deslava su fiereza y ardor.
Transmigra su esencia a la de un reloj de arena,
desgranándose tardíamente- consumando su reposo,
en el cuerpo final, de un árido desierto.  

Aramiel


Hablé con la estrella más brillante. Me dijo su edad; es tan longeva que si cierro los ojos, puedo ver que todavía sigue contando.
Me preguntó mi nombre. No mi nombre mortal, el nombre de mi alma el cuál es YAVEH. Me confesó que el suyo es Aramiel en la lengua de los astros. Hablamos un siglo, o un segundo. Nos tomamos pausas y prudencias, pero es posible la velocidad de la luz mediara entre nosotros. Nos dijimos muchas cosas, pero existe la posibilidad de que solo nos contempláramos en silencio.