viernes, 26 de diciembre de 2014

Providencia



Existe un Faro señero y penitente;
y adorna los turquíes mares de mi esencia,
como un astro varado, en mis tinieblas,
en mis memorias.
Cuyo Fuego es superior, imperecedero,
que precede mi existencia,
que me sugiere un propósito arcano
de un hermetismo improbable de horadar,
de un significado inasequible, absoluto.
 Su candor, inmemorial, hierático
ha velado mi camino una vez, y otra vez,
a través del lóbrego boscaje
de las repeticiones,
de las incontables reencarnaciones.
Me ha salvaguardado de la desgracia,
a veces, con irreparable claridad;
torcido las sendas, encaminados los vientos,
fijado el azar, mal asido, el estoque mortal.
Su nombre es Providencia
y rige fieramente las riendas
del inefable hado que pende sobre mí,
en cuyo firmamento se esconden
mi destino, y mi razón.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los Ojos Negros


I
Arrancado de mis certidumbres,
inerme de capacidades,
abandonado de valor y hombría
fui presa de la Bestia Superior.
Sus ojos brillaron con luz negra
en una noche de níveos fríos.
El fragor de su bramante estampida
ensordeció mi cordura;
contrastante, precedido, por una asechanza
congénita, secreta, silenciosa.
Su transido hálito recorrió mi cuerpo,
y desperté en el aciago ensueño
de ser devorado por el inobjetable desespero
de fauces mortuorias.

II
Indeleble es la memoria de aquel azur abisal
cuya oscuridad era mi prisión,
que sin muros instauraba un encierro
a mi propia alma, en mi propia mente.
Indisoluble aquella asfixia en este aliento,
aquel tormento, en esta laxitud,
el recuerdo, en mi disimulo.
Un perpetuo tizno, en mi perpetuo brío.
Que los días y las noches han malogrado
en convencerme que he dejado atrás,
que las lágrimas no han complacido su honda angustia,
que intenté ocultar,
vanamente,
en las arenas que el tiempo ha fallado al sobrescribir.

III
Luego, me ha visitado en mi vigía,
ya no como la Bestia Etérea que cunde sobre todos,
Como un espectro de lo desconocido, extraviado de su dominio,
como un huésped hambriento de nuestro mundo.
Como la Dama de Ojos Negros,
que no tenía rostro.
Y a los pies de mi lecho,
no pronunció palabras otras salvo,
soy La Muerte.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Sobre la elusividad en la poesía



Una de las esencias de la poesía- creo haber descubierto, no en manera de hallazgo original, sino en forma de revelación, entendimiento- es su elusividad.  Uno debe, a favor de crear un cuerpo sobre el cuál pueda crecerse un acto poético, demorar textualmente la llegada de la fructificación de una idea en su totalidad. Construir peldaños, buenos y sólidos peldaños si fuera posible.  Estos peldaños son las sentencias que componen un texto, cada peldaño es cada oración. En cada una de ellas se debe convencer un poco más al lector, inspirarle una  vehemencia secreta y creciente dentro de sí, llevarlo de palabra a palabra- de acierto en acierto- a ser consciente de la verosimilitud del retrato que uno dibuja. Es por esto que resulta contra propósito utilizar algunas que por su simpleza y su propiedad abarcativa definen conclusivamente una idea; al aparentemente asequible precio de dar con la herramienta más próxima- la palabra en cuestión- para decir algo o describirlo, se le retribuye al que escribe un coste mayor; se despoja de la oportunidad de ser elocuente, de buscar nuevas rutas para decir algo, alternativas con más y mejor valor intrínseco. La cadencia de un texto poético importa, y las palabras que son claves, sustantivas  y que se remiten directamente al núcleo de una idea sobre la que se teje la prosa, culminan terminantemente, el oleaje textual que mece al leyente, a las orillas de la satisfacción y de la apreciación.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Sintaxis



Los días se desteñían para mí y lo que una vez fue el sol, ahora era un destello burlesco empañado a través, una sabana vieja y gris.  La imposibilidad me arreciaba como gangrena. La imposibilidad de las posibilidades. No la muerte, pero similar. La imposibilidad de germinar una vida. ¿Cuáles deberían se los parámetros de estabilidad, que supuestamente debería perseguir? ¿Cuáles eran las metas sintácticas a alcanzar, respetar, de ser mi vida un enunciado? ¿Las paradas en el camino a hacer? ¿Las estancias por conocer? No las conocía. Seguía en el mismo lugar desde hace mucho tiempo. Creciendo no, envejeciendo. Encerrado en lamentos autónomos, en epitafios auto compasivos, todavía me era posible rasguñar el aire puro, mancharme las manos de tierra húmeda, asombrarme de las luces del cielo, soñar, a veces. A mi ventaja corría el futuro. Ese espacio en blanco sin llenar, esos reglones sin escribir, esa cuadrícula sin su matemática ni su geometría, ese lienzo de arte silencioso al punto culmine de suceder. Al mirar adelante podría imaginar mi bien estar, podría consolarme no por mucho, con la mejoría, mi escape del tártaro en el que me aprisionaba mi falta de voluntad para asir mi propio camino, del poder para  crear una salida.
 Ausento de mí mismo, la plática con mi ser era nula. No atendía las necesidades de mi espíritu. Lo sobre vestía de abalorios de estima metafísica, de valor que genera placer, y enriquece al alma en la manera que una descuidada alimentación enriquece al cuerpo hasta la obesidad. Mis desiertos colmaban de oasis y todos eran ficticios. Vagué uno a uno e inclusive recurrí en algunos más que en otros. Pero con la misma frecuencia en que alguno era tangible, la providencia del azar me despertaba de este ensueño en el que nada realmente ocurre y subyace un tedio ineludible inclusive en el goce del ocio. Y entretanto, el amor.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El hombre a medias





En una edad antigua, en una remota aldea, vivió un hombre a medias. Si algunas cosas le eran propias, serían su nombre, su amor por el conocimiento, y su incapacidad de hallar lo que sin certeza de qué, buscaba. En las tardes de su vida, desde la juventud, de la adultez a la ancianidad, se daba en rigurosos debates en las cuestiones competentes de su tiempo conjunto doctos y sabios consagrados en su propia gloria y reconocimiento; Puesto que eran conocidos como tales, eran agraciados entre las gentes de todos lados. En cambio este hombre vagaba como un espectro hambriento y anónimo entre las radiantes auras  de la sabiduría ajena, anhelando un sorbo de su magnificencia acabada, de su redondez geométrica y perfecta, de la universalidad de un conocimiento sin aristas ni cabos sueltos. Poseía sin embargo, sin desestimarlo, su propia brillantez, una agudeza nata que le acompañó como su sombra, que lo libró del azar que gobierna a todo el que busca, de encontrar la doctrina falsa, el conocimiento falaz, y por sobre todo, la nefasta presunción de que se sabe algo y que se está en lo correcto. Nació y creció también, con una trágica marca. Un amor ciego que no encontraba reposo, un ansia de ser que medró en un deseo de serlo todo, de saberlo todo. Moró por el espacio y el tiempo de cuantiosas bibliotecas, maestros y oficios y ninguno en principio le colmaba con la satisfacción de haber encontrado, o encontrándose a sí mismo en el aprendizaje o en las enseñanzas. Esta fue su gran desgracia.
Las peripecias de su historia son de carácter vano y se repiten cíclicamente. El punto culmine/La tragedia,  sucede al llegar al fin de su recorrido. Murió sabiendo mucho de nada, o lo que es peor, poco de mucho. Su exigua luz se extinguió en la incandescencia de los grandes personajes del tiempo, porque el precio de vivir en la memoria de este mundo, es la obligatoria consagración. 

martes, 2 de diciembre de 2014

El Lago



En la montaña vivía un maestro. De gran renombre, era visitado por viajeros y estudiantes. En su frugal vivienda los recibía todos los días y allí, escuchaba las inquietudes de sus invitados. Pero cada día, a cierta hora, detendría sus pláticas. Se levantaría y echaría a caminar, a lo largo del distante sendero, para finalmente esfumarse de los ojos de sus aprendices, convertido en una sombra más, entre las ramas de un bosque que lo era todo allí. Sin aviso ni palabras, su partida desconcertaba a todos los presentes. Ante la consagración de esta rutina, un día un bravo joven se atrevió a indagar al maestro sobre esto.  El maestro confesó sin reserva ni molestia— Existe alguien que necesita de mis enseñanzas aún más que ustedes. Es mi estudiante más obstinado. Trato de visitarlo a menudo—El modesto joven, no se atrevió a inquirir más aún en la intimidad ajena. Pero su curiosidad era inmoderada. ¿Por qué el maestro le visitaría personalmente? ¿Quién, sobre otros necesitaría más de las palabras de este sabio?
 Un día cuando todos esperaban a que el maestro regresara, siguió sus huellas a través del largo y polvoriento sendero hasta convertirse en una sombra más, entre las ramas de un bosque que lo era todo allí. En un silencioso claro, descansaba un lago que en su pura agua, espejaba el mundo con precisa nitidez. El joven, estupefacto por la belleza secreta del lugar, permaneció quieto el tiempo suficiente para atestiguar el encuentro del anciano y su enigmático alumno, que se miraba a sí mismo, asomado desde la orilla sobre el agua que espejaba un celeste cielo, que espejaba una celeste agua. 

Leteo

Que noche oscura cernirá, como un manto sin estrellas, el día que tu sonrisa ya no me sonría. 
Será entonces un alba sin el sol, y el Este se sumirá en la indiferencia lóbrega de un mundo sin luz, sin vos. No habrán tiempos que medien, ni páginas que dar vuelta. Será como si hubieran sido siempre; la primavera el otoño, y el goce de tus virtudes, una  memoria translucida de un sueño secreto, sepulto e inasible.
 Que nuestras pasiones se laven en el Leteo y que las caricias nuestras que nunca fueron, no las tenga nadie.  

Versetto

Lontano, lontano
Arriva il passato
Quelli che non sono qui, oggi
Abitino la memoria e la malinconia.

Lejos , lejos
Llega el pasado
Aquellos que no están aquí, hoy
Habitan la memoria y la melancolía.

Melancolía.

Atesoro tu vocecita
Muy dentro de mi mente.
Y cada tanto giro los engranajes del recuerdo
Y la música suena
Y me recita cosas tiernas
Idílicas.
Y la realidad se esfuma sin esfuerzo.
Me duermo en tu regazo o en tu pecho
Ahí no existe lo difícil.
Tampoco hay finales.
Y con gentileza litúrgica
Con inocencia infantil
Nos amamos.
Con nuestras manos enlazadas
Como una gran roca
Invencible, impenetrable.
Hasta que volvemos a ser dos
Y el fragor del mundo

Ensordece tu hermoso canto. 

Jazmín

Su cabello era un fluente de brazas, sinuoso y trémulo como la llama. Ahogarse en él era la única opción. Inspirar efusivamente el ardor subcutáneo que enrojecía su cuerpo era un espasmo involuntario. Perderse en su bosque de manzanos debía de ser el intento de los valientes. Y los codiciosos y a los dementes, o a los que pretenden las cosas hermosas, susurraba con inocencia y timidez perversa, la gema carmesí que dentro de ella pulsaba viva como un sol. Su mirada era un medio día mundano, y su sonrisa tal vez no tenía importancia. Pero al final, era su fulgor, su calor, su color, lo que lo convencía a uno a querer quemarse.

El viaje

Divagué en tus desiertos meditando sobre tu cuerpo. Esa húmeda arena terracota que te sostiene. Me aventuré en descubrir los ríos secos y olvidados que te surcan la forma y te dan relieve en toda tu extensión. Busqué solo saber de los detalles de tu esencia grabados en tus firmes y pétreas caderas, que han de ser leídos únicamente en un sosiego braille de íntimo contacto. Y bajo tu tibieza ecuatorial y la afrodisíaca proximidad de tu frescura selvática ¿Cuántos albores viviré para ver surgir detrás de las líneas sin número que te encierran? ¿O cuántos hálitos de emociones, que tu tersa carne responda, en risas espasmódicas de placer hacia mí? Vagaría mi vida subiendo las escarpas pendientes de tu rostro con la boca, amando su suelo vivo y fértil, bendiciéndolo y sellándolo con mi silencio, diciéndole sin decirle. Depredarte es el único instinto. Perseguirte sin descanso en los largos altibajos de tu columna, que se alza y deprime como el día y la noche mecanizados a través de tu respirar. Circundarte el pecho desde la lejanía de un rose, y que con el infinitesimal e impreciso encuentro de mis yemas y vos, temblemos. Te conquistaré porque mi codicia te proclama, porque el deseo corrompe, porque el viaje me hizo débil y ahora te necesito.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Del final de los libros


Poco importan las últimas palabras,
poco importa la prosa.
Se premoniza  en su fin,
un silencio de reposo y espera.
Y con cierto pesar compactamos los cielos y los ríos;
los días y las noches;  adversarios con aliados;
los sueños con la realidad; el cosmos y el espíritu; alegrías y tristezas;
principio y desenlace, en un definitivo cierre de páginas entre el abrazo de las palmas.
Tal vez es entonces cuando el mundo admite su 
término.
y calla sus mil voces, para dar paso a la eufonía reverberante- el eco de la obra-
aquel estado en el que las ocurrencias conocidas en la lectura
cobran una atemorizante verosimilitud, tan aceptable como la realidad.
Consumado el sortilegio, sopesamos lo aprendido, lo vivido y lo ganado
en el más significativo de los lutos mundanos,
prisioneros ausentes de una catarsis taciturna y sigilosa,
que no es ni más ni menos, que una de las fuerzas literarias
más vigorizantes y existentes.


Dedicado con amor a Gabriela B. Gil