sábado, 16 de abril de 2016

Macondo

Pequeña caja
de paredes rupestres
ahogada en en este mundo.
Erigida en el lodo
esculpida por tu rey
cuyo ocaso te vistió
de paños cetrinos.
Tu perfume es el bálsamo humano;
olor de la pena y el descanso
del alivio y el dolor
de la sangre y el sudor,
de calenturas y amor.
Tu nombre es Macondo,
la de cementerios vírgenes
la de casas de hielo
rodeada por los mares
enterrada en los cielos, Macondo,
la que nunca duerme.
Cuna de héroes y tiranos,
tumba de peregrinos que han visto el mundo,
y genios que en su mente lo han concebido.
Macondo la que canta a las doce
Macondo hija de un mago.
Macondo, un pueblo en mi corazón.

domingo, 3 de abril de 2016

El desolador vacío de tu ausencia.

El desolador vacío de tu ausencia.
No huyo de él. Lo abrazo.
Es lo último que dejaste antes de irte.
Me ahogo la respiración en él,
que llene mis pulmones de su hondo sopor
que relentezca mi andar
encorve mi espina
que me duela en los huesos
que me arda el corazón antes de dormir para siempre
y que sea el primer pensamiento al despertar.
No importa nada de eso.
Es lo último que dejaste antes de irte.
No huyo de él. Lo abrazo con mucho amor.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

No lo pude superar

¿Qué son los días sino la vaga ilusión de que ya no...?
Decirlo no trae paz alguna.
Recordar es transgredir los finales
Soñar, es anhelar un presente diferente.
Pero vivir en un momento muerto…

viernes, 13 de noviembre de 2015

La lluvia

Un aguacero cierne sobre la ciudad.
Acometiéndose, una a una, gota a gota,
en una súbita invasión.
Reordenándose en pequeños diluvios
en los que se puedan purgar los pequeños pecados
de pequeños hombres.
Persiguiendo el apuro de los reacios,
bautizando de alivio al que agraciado la recibe.

En su rumor hay un dialecto arcano,
y este lo profesan también
las áureas llamas del fuego.
La antigua voz del mesmerismo habla
seduciendo, obnubilando
con su discurso sacro
imposible de replicar por mecanismos humanos;
retrayendo hacia el sosiego primigenio
del olvidado y lejano, seno materno.

martes, 20 de octubre de 2015

Extraña en el tren



Como puertas cerradas, que no invitan al viento pasar
O ventanas oscuras, que muran el fuego del sol
Mi sonrisa estaba vetada
Por miedo no le devolví, el gesto hermoso
que ella me tendió
Que torpe y cobarde
mi alma se volvió.

lunes, 12 de octubre de 2015

El Canto de Oro



El insomnio era su oscuro lienzo.
Hilvanaba delgados filamentos color oro,
con su voz, con su canto, dentro de un mundo de anónimos silencios.
Yo fui testigo de esa belleza íntima, enterrada en la carencia
de otra alma desvelada, a esa hora.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Ah

Hay una astilla en lo secreto de mi pensamiento
que hiere inquietamente
en la iteración
de una idea.

viernes, 7 de agosto de 2015

En una noche



En una noche, el abrazo frío de tus labios libados en vino me abandonará. Tu fuerza desenredará tus brazos, tus dedos, tus manos, de mí.
 En cambio una terrible sombra asirá su lugar; diáfanas memorias, torpes tumbas, imitando, acariciando la sensibilidad con la crueldad del frágil sueño, de la atribulada pesadilla; recordar, no es lo mismo.

miércoles, 29 de abril de 2015

Samsara



¿Cuál es el significado de este camino
en el que hace mucho tiempo
comprometí más que mi vida-
Que un día, conducirá al final
de todos mis finales-
Cuyas sendas, en sus trazos
esconden la verdadera forma de mi ser-
Que en un incognoscible tiempo,
de insondables eras que a veces recuerdo,
me ha marcado, por la eternidad?

miércoles, 11 de marzo de 2015

El Hambre

Estas manos
orfebres del amor,
tejedoras del terror
escultoras del placer
heresiarcas y pecantes;
hilvanadas
por esta
débil voluntad,
acariciada
y derruida
por la insana realidad.
El recuerdo es su noche,
la vida les confiere
a sus hechos y obras,
El Hambre les transfiere…
…de nunca perdonar,
de no ser capaz,
de nunca olvidar.





jueves, 5 de marzo de 2015

Porqué nunca seré escritor.



No puedo alcanzar el genuino desvelo, de vestir una Máscara,
de que la Máscara me vista.
De que transmigre a mí
sus maneras y comportares.
Sus costumbres y deberes,
de arquetipos protocolares,
ni de que me guíe en los oscuros caminos
de las muchas almas que persiguen la misma estrella
lejana, aún más lejana
siempre desplazada, por el afán de atraparla.
Me contento con decir al paso
aceptando el seguro resguardo de mi memoria,
en el solo olvido.

viernes, 13 de febrero de 2015

Silencio

Un escritor perdido vaga en un desierto de silencios. Cada palabra que recoge, en cada grano de arena que sostiene, se remite a un universo nuevo, perdido, desvanecido en los vientos de su incapacidad de amar ideas, dejado escurrir entre puños, que en vano abrazan el antiguo anhelo de tener pensamientos, cosas en que creer.

martes, 20 de enero de 2015

Asco



El asco del fumador. Hiede entre las gentes al perfume de cenizas y brasas que es propio del fuego. Se vuelven agrios e inhóspitos recelosos de su amor. Están dispuestos a beber el aire de las llamas, de catar incendios entre copiosas bocanadas de muerte- Muy suave. Muy fuerte. No me gusta. Me gusta. Más. – Pero hacen una cosa que los delata, que les confiesa  su repugnancia real, por ello. No fuman mientras comen. Les arruina el sabor. Languidece el paladar, lo entristece, arruina el sabor. No lo niegan. 

domingo, 18 de enero de 2015

Te extrañé

El tiempo me abraza como un humo espeso, incalculable
y yo reacio, estoico, inamovible como una roca
me quedo en tu partida
paseando los caminos transitados.

viernes, 2 de enero de 2015

Dos Estrellas

I
Ya han sido, una sucesión de breves instantes, de presentes continuos, ininterrumpidos, de incandescencias crueles a las que he estado sometido, desde que nací. Mi piel dura es un regalo de la memoria; es un perdón al castigo al que se nos ha sometido a nosotros, a los que son conmigo, a los que fueron antes de mí. La tierra es árida y casi infértil, pero yo vivo debajo de ella, a salvo mientras estoy allí. La superficie es un lugar implacable donde la vida se trapichea con un azar despiadado y mezquino, que con una regularidad radical, imparte más la muerte que la gracia o el indulto. Algunos no hemos sido concebidos como fieros cazadores, ni tenemos la habilidad de asir la fatalidad como una herramienta para prolongarnos la existencia; sobre ellos, los que sí, radía la estrella de la sangre, flamígera y vehemente, que vela sobre las sombras y las deshace con brutal diafanidad. Aun así, movidos por las necesidades más esenciales, por la sed de sorbos frugales o por las suertes de carroñas oportunas, hacemos el valiente sacrificio de sobrevivir debajo de la tiranía de su fulgor. Para nosotros en cambio, brilla la piedra blanca con luz índiga y sosiega. Ella consiente las penumbras sobre la tierra y alivia su ardor, con su luz misericordiosa, garza y lozana. Pero su halo absolutorio no resuelve sobre el inexorable mandato del más fuerte o el más rápido ni de sus terminantes sentencias; se vive o se muere. Y así es cómo corro, bajo su candor azul, con todo el aliento puesto en ello, con todo mi anhelo de vivir que es puro y veraz, entre los finos y esporádicos pastizales, siguiendo ningún camino excepto el que la urgencia traza para mí, que no es el camino de la conveniencia sino el camino de la circunstancia y la oportunidad. Algo viene por mí en la oscuridad, pronto. Su galope seco y raudo se anuncia inminente sobre mí. Soy arrancado de la tierra por unas cruentas fauces que no llego a ver. Mi dura piel se resquebraja a la primera dentellada, a la segunda se disgrega por completo, y la vida se me escapa en borbotones indetenibles, abruptos. El sufrimiento es indescriptible. De entre sus marfiles mortuorios, escapa un cálido resuello de agitación, de apremiante satisfacción, que me entibia en mi desahucio y me envuelve en un lecho de sopor mortecino. La estrella azul lo atestigua todo desde su bondad lejana, desde su incapacidad de intervenir. Tal vez desde su imparcialidad impiadosa.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Providencia



Existe un Faro señero y penitente;
y adorna los turquíes mares de mi esencia,
como un astro varado, en mis tinieblas,
en mis memorias.
Cuyo Fuego es superior, imperecedero,
que precede mi existencia,
que me sugiere un propósito arcano
de un hermetismo improbable de horadar,
de un significado inasequible, absoluto.
 Su candor, inmemorial, hierático
ha velado mi camino una vez, y otra vez,
a través del lóbrego boscaje
de las repeticiones,
de las incontables reencarnaciones.
Me ha salvaguardado de la desgracia,
a veces, con irreparable claridad;
torcido las sendas, encaminados los vientos,
fijado el azar, mal asido, el estoque mortal.
Su nombre es Providencia
y rige fieramente las riendas
del inefable hado que pende sobre mí,
en cuyo firmamento se esconden
mi destino, y mi razón.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Los Ojos Negros


I
Arrancado de mis certidumbres,
inerme de capacidades,
abandonado de valor y hombría
fui presa de la Bestia Superior.
Sus ojos brillaron con luz negra
en una noche de níveos fríos.
El fragor de su bramante estampida
ensordeció mi cordura;
contrastante, precedido, por una asechanza
congénita, secreta, silenciosa.
Su transido hálito recorrió mi cuerpo,
y desperté en el aciago ensueño
de ser devorado por el inobjetable desespero
de fauces mortuorias.

II
Indeleble es la memoria de aquel azur abisal
cuya oscuridad era mi prisión,
que sin muros instauraba un encierro
a mi propia alma, en mi propia mente.
Indisoluble aquella asfixia en este aliento,
aquel tormento, en esta laxitud,
el recuerdo, en mi disimulo.
Un perpetuo tizno, en mi perpetuo brío.
Que los días y las noches han malogrado
en convencerme que he dejado atrás,
que las lágrimas no han complacido su honda angustia,
que intenté ocultar,
vanamente,
en las arenas que el tiempo ha fallado al sobrescribir.

III
Luego, me ha visitado en mi vigía,
ya no como la Bestia Etérea que cunde sobre todos,
Como un espectro de lo desconocido, extraviado de su dominio,
como un huésped hambriento de nuestro mundo.
Como la Dama de Ojos Negros,
que no tenía rostro.
Y a los pies de mi lecho,
no pronunció palabras otras salvo,
soy La Muerte.

sábado, 20 de diciembre de 2014

Sobre la elusividad en la poesía



Una de las esencias de la poesía- creo haber descubierto, no en manera de hallazgo original, sino en forma de revelación, entendimiento- es su elusividad.  Uno debe, a favor de crear un cuerpo sobre el cuál pueda crecerse un acto poético, demorar textualmente la llegada de la fructificación de una idea en su totalidad. Construir peldaños, buenos y sólidos peldaños si fuera posible.  Estos peldaños son las sentencias que componen un texto, cada peldaño es cada oración. En cada una de ellas se debe convencer un poco más al lector, inspirarle una  vehemencia secreta y creciente dentro de sí, llevarlo de palabra a palabra- de acierto en acierto- a ser consciente de la verosimilitud del retrato que uno dibuja. Es por esto que resulta contra propósito utilizar algunas que por su simpleza y su propiedad abarcativa definen conclusivamente una idea; al aparentemente asequible precio de dar con la herramienta más próxima- la palabra en cuestión- para decir algo o describirlo, se le retribuye al que escribe un coste mayor; se despoja de la oportunidad de ser elocuente, de buscar nuevas rutas para decir algo, alternativas con más y mejor valor intrínseco. La cadencia de un texto poético importa, y las palabras que son claves, sustantivas  y que se remiten directamente al núcleo de una idea sobre la que se teje la prosa, culminan terminantemente, el oleaje textual que mece al leyente, a las orillas de la satisfacción y de la apreciación.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Sintaxis



Los días se desteñían para mí y lo que una vez fue el sol, ahora era un destello burlesco empañado a través, una sabana vieja y gris.  La imposibilidad me arreciaba como gangrena. La imposibilidad de las posibilidades. No la muerte, pero similar. La imposibilidad de germinar una vida. ¿Cuáles deberían se los parámetros de estabilidad, que supuestamente debería perseguir? ¿Cuáles eran las metas sintácticas a alcanzar, respetar, de ser mi vida un enunciado? ¿Las paradas en el camino a hacer? ¿Las estancias por conocer? No las conocía. Seguía en el mismo lugar desde hace mucho tiempo. Creciendo no, envejeciendo. Encerrado en lamentos autónomos, en epitafios auto compasivos, todavía me era posible rasguñar el aire puro, mancharme las manos de tierra húmeda, asombrarme de las luces del cielo, soñar, a veces. A mi ventaja corría el futuro. Ese espacio en blanco sin llenar, esos reglones sin escribir, esa cuadrícula sin su matemática ni su geometría, ese lienzo de arte silencioso al punto culmine de suceder. Al mirar adelante podría imaginar mi bien estar, podría consolarme no por mucho, con la mejoría, mi escape del tártaro en el que me aprisionaba mi falta de voluntad para asir mi propio camino, del poder para  crear una salida.
 Ausento de mí mismo, la plática con mi ser era nula. No atendía las necesidades de mi espíritu. Lo sobre vestía de abalorios de estima metafísica, de valor que genera placer, y enriquece al alma en la manera que una descuidada alimentación enriquece al cuerpo hasta la obesidad. Mis desiertos colmaban de oasis y todos eran ficticios. Vagué uno a uno e inclusive recurrí en algunos más que en otros. Pero con la misma frecuencia en que alguno era tangible, la providencia del azar me despertaba de este ensueño en el que nada realmente ocurre y subyace un tedio ineludible inclusive en el goce del ocio. Y entretanto, el amor.

domingo, 7 de diciembre de 2014

El hombre a medias





En una edad antigua, en una remota aldea, vivió un hombre a medias. Si algunas cosas le eran propias, serían su nombre, su amor por el conocimiento, y su incapacidad de hallar lo que sin certeza de qué, buscaba. En las tardes de su vida, desde la juventud, de la adultez a la ancianidad, se daba en rigurosos debates en las cuestiones competentes de su tiempo conjunto doctos y sabios consagrados en su propia gloria y reconocimiento; Puesto que eran conocidos como tales, eran agraciados entre las gentes de todos lados. En cambio este hombre vagaba como un espectro hambriento y anónimo entre las radiantes auras  de la sabiduría ajena, anhelando un sorbo de su magnificencia acabada, de su redondez geométrica y perfecta, de la universalidad de un conocimiento sin aristas ni cabos sueltos. Poseía sin embargo, sin desestimarlo, su propia brillantez, una agudeza nata que le acompañó como su sombra, que lo libró del azar que gobierna a todo el que busca, de encontrar la doctrina falsa, el conocimiento falaz, y por sobre todo, la nefasta presunción de que se sabe algo y que se está en lo correcto. Nació y creció también, con una trágica marca. Un amor ciego que no encontraba reposo, un ansia de ser que medró en un deseo de serlo todo, de saberlo todo. Moró por el espacio y el tiempo de cuantiosas bibliotecas, maestros y oficios y ninguno en principio le colmaba con la satisfacción de haber encontrado, o encontrándose a sí mismo en el aprendizaje o en las enseñanzas. Esta fue su gran desgracia.
Las peripecias de su historia son de carácter vano y se repiten cíclicamente. El punto culmine/La tragedia,  sucede al llegar al fin de su recorrido. Murió sabiendo mucho de nada, o lo que es peor, poco de mucho. Su exigua luz se extinguió en la incandescencia de los grandes personajes del tiempo, porque el precio de vivir en la memoria de este mundo, es la obligatoria consagración.